Monday, July 03, 2006

La Pedregosa Búsqueda de Identidad



Cuando nací (antes de la era ecográfica), mi padre me estaba esperando con zapatitos celestes (aunque nunca lo confiese). Era su segunda hija. Por supuesto que mi hermana mayor también tenía comprada toda la ropa de niñito. A la Mari, en cambio, la tercera hija, la estábamos esperando con dormitorio celeste en la casa nueva, dada la recomendación del maestro de obras, quién dijo era un método infalible para tener el hijo varón (por supuesto no sabía nada de genética ni probabilidades).
A los 3 años era imposible peinarme (por los monos), así que mi madre optó por lo sano y me cortó el pelo como niñito. Tampoco tenía aros, ya que mi padre lo consideraba una costumbre barbárica. La gente decía: “Qué lindo el niñito” y era yo.
Debo recalcar que a la Pame tampoco le fue mejor: cuando le sacaron los pañales trató de hacer pipí parada sobre un vasito y no se libró del pelo corto.
En kindergarten una compañera dijo (apuntándome): “Es hombre, porque tiene el pelo corto y usa pantalones”. Ese episodio marcó mi vida y me hizo sentir poco identificada con el sexo femenino. Minas tontas- pensé- Yo no quiero ser así.
Me gustaba más jugar con autitos que con muñecas. También jugaba a ser “El Zorro”, con mi caballo de palo, una espada, una capa y un antifaz. Mi nana encontró que mi juego era muy masculino y me dijo: “¿Por qué no eres la Zorra mejor” Y yo, chicuela inocente, gritaba a los cuatro vientos: “Soy La Zorra”, mientras galopaba sobre mi caballo azul con la espada desenvainada.
Así me crié. A los ocho disparé por primera vez un arma, a los nueve aprendí nociones básicas de campismo, a los trece obtuve mi licencia de aspirante de radioaficionado, a los dieciséis subí mi primera cumbre. Y fui adquiriendo habilidades que sólo se esperan para el rol masculino: aprendí a reparar mi bicicleta, poner una lámpara, cambiar un enchufe, a utilizar el taladro, etc. En el Liceo se burlaban de mí, porque, en vez de andar con un cosmetiquero, portaba llaves Allen y corta cadena. Sin embargo, hay cosas que sólo se aprenden al caer. Yo sabía que obviamente un hombre no puede orinar contra el viento o se mea entero. En mi primera salida de nieve, donde el viento sí era un factor importante, oriné con el viento a mis espaldas (la manera lógica, según yo) y me mojé todos los calzones. Oh! Qué bruta! Si en la mujer es distinto!!!!!!! Debo aclarar que hasta el día de hoy siento envidia de no poder escribir mi nombre en la nieve ni jugar a quien tira el chorro más lejos.

Actualmente, me he reconciliado con el género y puedo decir que soy casi como cualquier mujer. Manejo como mujer, veo el informe del tiempo a diario, voy al baño de a dos y me encrespo las pestañas. A veces me pongo falda, cocino, y me gusta hacer labores como bordar o tejer. Tengo, inclusive, un sello propiamente mujeril: nombrar al ginecólogo y al dermatólogo por el nombre de pila: “el otro día fui donde Roland bla bla bla”. Supongo que es porque son los dos profesionales de la salud que cuentan con nuestra plena confianza. Para que vean que aún existen finales felices…

Aclaración: en 1994, nace finalmente Antonio, el último de la fábrica, edición limitada. Por supuesto con regalías que ninguna de nosotras tuvo: 5 autos a pedales, juguetes al por mayor, clases de manejo desde los 11 años, walkie tolkies de verdad!!!! (no de juguete), un rifle a postones.. pff…en fin…